Los miedos que nos paralizan

Parte de nuestra conducta está condicionada por nuestros miedos. Son estos los que nos salvaguardan de peligros reales pero también los que nos incapacitan en numerosas ocasiones para conseguir una vida plena.

De los conocidos miedos infantiles ( a la oscuridad, a los monstruos, a los animales...), se pasa, aproximadamente a la edad de 12 años, a padecer temores relacionados con la autoestima (aspecto físico, la capacidad intelectual ) y con las relaciones sociales (temor al rechazo, a no ser reconocido por los compañeros, a las críticas, etc.) Entre los 12 y 18 años comienza también una etapa de autoafirmación; el niño-adolescente empezará a distanciarse de la familia y sentirá la necesidad de experimentar nuevos riesgos.


A partir de los 18 años los miedos irán evolucionando por el aprendizaje , bien por ensayo y error, bien por la observación de experiencias ajenas. Muchos serán adaptativos y nos ayudarán a prevenir respuestas erróneas en situaciones parecidas. Otros miedos, sin embargo, pueden desembocar en fobias, provocando conductas de evitación ante la situación temida y respuestas de ansiedad no adaptativas.

El miedo más ancestral y más generalizado es el miedo a la muerte. El siguiente en la lista de miedos más naturales es el el temor al rechazo: en la Historia del hombre, cuando un individuo era expulsado del grupo, no tenía posibilidades de sobrevivir puesto que quedaba a merced de los depredadores.

Estos miedos están grabados en nuestro código genético y, aunque en la actualidad hay diversidad de grupos donde casi cualquier sujeto podría encajar y los depredadores no están acechando a la puerta de casa, seguimos padeciendo temores que nos hacen infelices, sin referirme concretamente a las incapacitantes fobias, sino a los miedos que a veces no reconocemos como tales porque están bien enmascarados, en forma de sentimientos de culpabilidad, en forma de queja, de indecisiones, de inactividad, de falta de compromiso, de preocupaciones por el futuro, de remordimientos por el pasado, de insatisfacción, en forma de rencor...

Pongamos por caso una persona que manifiesta una queja continua por su situación personal y dice que no sabe qué hacer, que no entiende porqué ha pasado esto o aquello, una persona que se lamenta de su mala suerte, que dice querer ser feliz pero no da los pasos encaminados a conseguir ese objetivo. Una persona que permanece en una situación de desafectividad, perpetuando una posición que de seguro solo le trae amargura. Cuando le preguntas a esa persona por qué sigue ahí, no sabe contestar, duda, hasta que llega a la conclusión de que el miedo la atenaza. ¿Miedo a qué? Miedo al abandono, miedo a la soledad, miedo a los cambios, a lo desconocido.

Hay personas que dicen “conozco la teoría, es muy fácil de decir, otra cosa es la práctica”. Y yo me pregunto: ¿qué sería de la ciencia sin poner en práctica la teoría, dónde nos habríamos quedado? No existe ningún motivo que nos impida poner en práctica esa teoría, salvo nuestros miedos. Teoría y práctica, pensamientos y acciones deberían trabajar juntos para cambiar los sentimientos de melancolía, de desazón, de ira, de resentimiento. Pero el miedo siempre esconde algún beneficio, impide que nos veamos obligados a realizar esfuerzos, que pongamos excusas para no mejorar en el trabajo, en la relaciones personales, que nos limitemos en nuestras capacidades físicas e intelectuales. Aceptar que uno mismo es dueño de sus pensamientos, de las palabras, de las acciones y, por tanto de los sentimientos, conlleva asumir una responsabilidad que en ocasiones se nos antoja una carga enorme.

Parece más fácil decir “no puedo” que arriesgarse a cambiar ciertas pautas habituales en nuestra vida; posponer las decisiones importantes, e incluso las pequeñas, nos alivia en el momento de una ansiedad que a medio y largo plazo no hará más que acrecentar el malestar. Madurar con los errores y no anclarse en el rencor, aceptar que nos podemos equivocar pero que, “si me encuentro mal porque el miedo me inmoviliza, es que ya estoy equivocado”, aceptar que salir de una situación conflictiva o exponerse a un cambio cuando nuestro discurso es claramente negativo sería crecer como individuo.

Estar en y sentir el propio miedo, el del presente, nos hará dejar de sufrir por las temidas consecuencias de algo que todavía no ha sucedido.

 

Soledad Fernández Fernández

Psicóloga