Ansiedad


Tratamiento Ansiedad

La ansiedad es una respuesta innata del organismo que tiene como misión preservar la supervivencia. Funciona como un mecanismo de defensa gracias al cual podemos escapar de una situación de peligro inminente o bien prepararnos para la lucha.

Imaginemos a uno de nuestros antepasados saliendo de caza. De repente, un depredador  surge entre la maleza. Algo sucede en el interior del primitivo cazador: su corazón se acelera, toda su musculatura se tensa, siente  calor, sus pupilas se dilatan y una señal de peligro aparece en su cabeza. Esta reacción le hará enfrentarse al animal, correr, o trepar a un árbol y salvar la vida.

Estos cambios fisiológicos son debidos a la actuación del Sistema Nervioso Autónomo. Este sistema nervioso es involuntario y está formado por dos subsistemas: el Simpático, que activa al organismo produciendo las respuestas antes indicadas y el parasimpático, que lo refrena, inhibiendo las respuestas y recuperando la normalidad. Ambos, pues, son complementarios y antagonistas, y tiene como característica que son de corta duración. De esta manera, el tan temido ataque de ansiedad  no puede durar mucho tiempo, en realidad solo dura unos minutos.

 

Ante  una señal de peligro se activa inmediatamente este sistema nervioso, dando una orden a las glándulas suprarrenales, que inyectan adrenalina y noradrenalina en la sangre. Estas sustancias actúan de mensajeros químicos acelerando todo nuestro organismo. Por ello notamos tantas sensaciones distintas;  el corazón se acelera para bombear más sangre, la respiración se incrementa para obtener mayor nivel de oxígeno,  los músculos se tensan, se agudiza la vista, el oído,  se piensa con mayor rapidez…

 

Escenas similares,  aunque ante peligros diferentes, se han repetido continuamente a lo largo de la evolución de nuestra especie, por lo que hemos aprendido a reaccionar de la misma forma.

 

En la vida cotidiana la ansiedad  nos sirve para mantener cierto nivel de alerta ante situaciones que requieren un alto grado de atención, de concentración, de responsabilidad o de peligrosidad. Así, ante un examen, una entrevista de trabajo, o una situación nueva, no funcionaremos con el mismo nivel de ansiedad que si estuviéramos relajadamente al sol, viendo un documental sobre las abejas o, simplemente, realizando alguna tarea doméstica. Para ejecutar eficazmente una tarea necesitamos cierto grado de ansiedad.

 

Hasta aquí se entiende la ansiedad como lo que es: un mecanismo de adaptación necesario. Ahora bien, el problema surge cuando, ante situaciones que no suponen un peligro inminente o que no requieren  una activación de todo nuestro organismo, éste responde como si existiera una amenaza real.

 

Este hecho se produce por aprendizaje.  Todas las personas, en algún momento de su vida, han experimentado o van a experimentar los síntomas de la ansiedad. Estos síntomas pueden haber surgido en una situación muy concreta, por ejemplo cuando una persona se ha quedado atrapada en un ascensor,   o en otras menos específicas como una tarde de domingo viendo llover. Antes, durante o tras experimentar la activación fisiológica de la ansiedad, se producirán  unos pensamientos que, en algunas ocasiones, harán de “disparadores” del propio mecanismo de la ansiedad. Una vez que el individuo ha experimentado las señales físicas de la ansiedad sin identificar claramente una grave amenaza para su integridad o, una vez que ha pasado el verdadero peligro, puede ocurrir que la persona aprenda a prestar especial atención a estas sensaciones y las acompañe de pensamientos catastrofistas del tipo “me voy a poner enfermo”, “voy a perder el control” y otros similares que, a su vez, harán de activadores del sistema nervioso simpático al representar una amenaza.

Finalmente, lo que ocurre cuando estamos ante un Trastorno de Ansiedad es que la persona tiene miedo a sentir esas sensaciones, las vive como peligrosas y tenderá a evitar cualquier situación que considere relacionada con dichas sensaciones.

Los problemas de ansiedad son los más frecuentes en nuestra sociedad, quizá debido al ritmo de vida y al miedo irracional que existe a padecer algún tipo de trastorno psicológico. Todavía no vemos estos trastornos como alteraciones que son controlables y que no hay por qué ocultar, al igual que no se oculta la fractura de un brazo. El retraso en el diagnóstico producido por estos motivos y, en consecuencia, su falta  de tratamiento, conducen a un sufrimiento innecesario y a prolongar un trastorno que, de otra forma, podría tener una duración menor que si de una fractura se tratase.

 

Soledad Fernández Fernández

 

Psicóloga