La infidelidad; cuando se instala la duda

Infidelidad

Luisa tiene 32 años, hace 10 que conoce a su pareja, 6 que conviven y un año de matrimonio. Decidieron casarse porque querían tener hijos y les parecía que era un trámite que debían realizar por sus creencias. Cuando se casaron ella estaba embarazada de tres meses y los dos parecían muy ilusionados. Hasta entonces habían tenido los problemas normales de cualquier pareja: pequeñas riñas por el tiempo de ocio y algún desajuste sexual por distintos niveles de deseo.

 A los dos meses de nacer el niño, Ramón empieza a tener conductas desconocidas hasta entonces para Luisa : prolongadas ausencias del hogar, irascibilidad, falta de vínculo afectivo con el niño, cambios en la forma de vestir y una disminución significativa de peso. Comienza a evitarla y la duda se instala en Luisa.

Ramón, un hombre generoso y encantador hasta ahora, comienza a mostrarse egoísta e irascible con ella y con la familia. Ha conocido a otra persona y no lo quiere reconocer. Se siente culpable porque esto no formaba parte de sus planes, ni siquiera de su sistema ético de creencias . Luisa le quiere y está dispuesta a perdonar y olvidar, pero él necesita vivir esa relación y se queda "atrapado" en la lucha entre el amor a la familia y la necesidad de revivir cosas que ya creía inexistentes. Luisa lo sabe y también se ha quedado "atrapada" en su lucha interna: él le dice que le espere, que lo tiene que resolver y ella se debate entre sus sentimientos y su razón. Ramón se ha ido de casa "de momento" Han pasado 8 meses y siguen enganchados ; él, con su doble relación, ella con las promesas de volver de él y las dudas sobre la viabilidad de recuperar el amor y la confianza.

¿Qué debo hacer?

Yolanda y Francisco tienen 40 años y dos hijos. Es trabajadora social y vive en un pequeño pueblo con su marido y los niños. Se conocen desde los 17 años y dicen ser muy buenos amigos. No han tenido ninguna otra pareja. Desde que nació el pequeño (tiene ahora 2 años) ella dice haberse sentido sola. Todo el mundo en el pueblo los quiere y respeta. Ella se ha reencontrado con un amigo de la infancia y han comenzado a verse. Se han enamorado, él decidió dejar a su mujer "porque la relación ya no funcionaba" y ella se lo ha contado a Francisco, que se había enamorado y que se tenía que ir de casa, a vivir sola mientras decidía lo que sería mejor. Francisco ha entrado en shock, se lo ha contado a los padres, a los suegros, a los hijos e intenta convencerla por todos los medios de que está cometiendo una locura, que la conoce perfectamente y sabe que se va a arrepentir. El otro hombre es del mismo pueblo, por lo que todos los vecinos están al corriente de lo sucedido. Yolanda se ha ido un día y ha vuelto por la tarde. Ahora está "atrapada" entre el impulso que siente tan fuerte de tener que vivir esa experiencia y la duda espantosa de si será una equivocación a la larga. No cree que pueda volver a sentir lo mismo por su marido y los dos necesitan saber qué tienen que hacer.

Teresa tiene 52 años, lleva con su marido desde los 18 y tienen dos hijos "ya criados". Él siempre ha sido muy conservador y recto, dedicado por entero al trabajo y un poco autoritario con su mujer. Manuel ha conocido a otra persona en el trabajo y ha empezado a mostrar conductas inusuales en él. Pasa el día pegado al teléfono, enviando mensajes, largas ausencias injustificadas y muy mal humor. Teresa descubre sus mensajes y entra en una profunda crisis, al igual que su relación. Manuel no asume el problema, niega la realidad pero igualmente comunica a sus hijos que se separa. Después de innumerables idas y venidas "decide" quedarse en casa pero ambos quedan atrapados en la duda: él de lo que pudo haber sido y no fue y ella en la de "si se queda por mí, por la familia, o porque no tuvo otra opción y, sobre todo, atrapada en la duda de si voy a ser capaz de vivir con esto". Él era un mito para ella, el más inteligente, el más íntegro; por eso le aguantaba su mal humor. Pero ahora todo ha cambiado.


¿Qué es lo que tengo que hacer?

Estos casos representan el cambio profundo en una relación y, en alguno de ellos, el preámbulo de una separación.

Cuando la pareja ha llegado a este punto, no ha sucedido de una forma casual, aunque en ocasiones alguien se pueda cruzar en nuestras vidas y hacer tambalearse los cimientos del amor. La pareja va sufriendo una evolución, marcada por el cambio individual y por factores externos difíciles de controlar. La rutina, las limitaciones económicas, la falta de tiempo para disfrutar y, sobre todo, la insatisfacción personal, pueden hacer que empecemos a culpar al otro de lo que me pasa a mí. Nos cuesta mucho hablar de nuestros propios sentimientos, de lo que nos pasa y de lo que necesitamos. Tendemos a hablar de lo que le pasa al otro y nos cuestionamos si estaremos con la persona adecuada.

Una cuestión fundamental sería asumir que no podemos concebir una relación íntima sin conflictos. La fantasía de una pareja ideal, enamorados permanentemente, hace que algunas personas piensen que con otra/otra todo sería distinto y muchas parejas que se separan lo que hacen en realidad es cambiar de interlocutor porque se darán situaciones muy parecidas a las vividas.

No aceptar los cambios del otro como ser individual y en continua evolución genera en nosotros frustraciones que serían salvables si las aprovecháramos para enriquecernos: redescubrir al otro, aprender y crecer de esas transformaciones en lugar de estancarnos y martirizarnos con la idea de "antes no era así, no reconozco a esta persona".

A veces pasamos gran parte de la vida persiguiendo una ilusión que nunca llega. Si nos proponemos disfrutar "lo posible de lo que es posible" la realidad sería más llevadera . Aceptar que algunas cosas simplemente suceden, que el pensamiento "esto no tenía que haber ocurrido" es solo eso, un pensamiento que nos hace anclarnos en la tristeza y el resentimiento.

 

Si Ramón, Yolanda, Manuel y sus parejas pudieran "estar ahí", en contacto con lo que les está pasando para poder tomar las decisiones tan importantes que van a afectar a sus vidas, sería un camino más acertado que el de tomar decisiones impulsivas, tanto para irse como para quedarse. Pero el dolor que esto genera y también las presiones sociales precipitan a veces situaciones que pueden tornarse irreversibles.
Aunque parezca una falacia, una relación puede salir fortalecida de este tipo de conflictos. La pregunta no sería ¿es este el fin?, sino ¿quiero que esto sea el fin?. ¿en qué he fallado yo y qué puedo aprender? ¿invalida lo que ha pasado al otro como persona o puedo admitir que forma parte de los conflictos que se pueden presentar en una relación de pareja duradera?

 

Carlos tenía 44 años cuando lo conocí. Acudió a mí porque refería sufrir dolor durante el coito. Este "síntoma" lo padecía desde hacía un año. Tenía 2 hijos, de 9 y 11 años, llevaba con su mujer 14 años, tenían una convivencia agradable pero hacía tiempo que ella mostraba apatía en la relación, a todos los niveles. Carlos viajaba con frecuencia por su trabajo y, en uno de esos viajes conoció y se enamoró de otra persona. Toda su estabilidad emocional se vino abajo y, rápidamente le contó a su mujer lo que había ocurrido. En su conciencia no cabía otra posibilidad y, además, pensaba que ella lo entendería. María reaccionó intentando retenerle, convencerle. Empezó a hacer cosas que habían dejado de hacer, siempre intentando complacerle y volver a "enamorarlo". Pero el sentimiento de Carlos hacia la otra persona era muy fuerte y decidió irse a vivir con ella. No dijeron nada a los niños y, durante dos años, él regresaba a casa a las 7 de la mañana para despertar y llevar a sus hijos al colegio. Cuando no estaba de viaje también iba a acostarlos. María siguió pacientemente intentando que él se acercara; tenía muy claro que quería "luchar" por él. Mientras, la relación de Carlos con la otra persona atravesaba las distintas fases del enamoramiento, de ver al otro no ya como una prolongación de uno mismo sino como una persona distinta, con sus defectos y debilidades; la duda sobre si se habría equivocado se instaló en él. Esto supuso un conflicto con su nueva pareja, que trajo más dolor y confusión a la relación. Finalmente, regresó con su mujer. Cuando me hizo la consulta hacía 1 año que había regresado a su casa, el mismo tiempo que sufría dolor al mantener relaciones sexuales. Se encontraba vacío, sin ilusión, había hecho lo que creía correcto pero no se encontraba bien. ¿Qué es lo que tengo que hacer?

En este último caso vemos a la persona atrapada por sus convicciones. No era capaz de asumir una separación por sus hijos, decía. Cada vez que salía el tema sobre esta posibilidad lo rechazaba sistemáticamente. No estaba preparado para aceptar que quizá seguir con su mujer era una equivocación. El autoengaño surge como resistencia al cambio, al miedo a afrontar una nueva vida y de abrir el corazón a una nueva relación, con sus defectos, con sus dudas y con sus conflictos también.

El ser como individuo está en continuo cambio y la pareja, como entidad, aún más. Aceptar esos cambios como parte del aprendizaje y desarrollo del amor podría aportarnos motivación para no estancarnos en la tan excesivamente mencionada "monotonía".

Explorarnos en la confusión y aguantarla por un tiempo, examinar cómo nos hemos ido muriendo en la pareja... podría servirnos para revivir y encontrar zonas más fértiles en un terreno que ya creíamos inerte. 

Soledad Fernández Fernández

Psicóloga