La Adolescencia: un desafío para los padres

La adolescencia En cierta ocasión, una mujer de unos 45 años me preguntó si conocía algún libro “para que mi hija me comprenda a mí”. Su hija había entrado en la adolescencia, la madre había leído varios libros de cómo tratar los problemas que podían surgir en esa etapa pero seguía sin poder dejar de entrar en conflicto con la niña-mujer.

Y  era cierto: aunque  conozcamos y comprendamos  las fases de la adolescencia, la revolución hormonal que sufre el adolescente y que implica cambios bruscos del carácter, amén de los cambios físicos, la curiosidad por la sexualidad,  las continuas reivindicaciones típicas de la edad, la inseguridad que sienten, la necesidad de experimentar, etc., en muchas ocasiones no son suficientes para mantener una convivencia “agradable”.

Revisé la bibliografía de entonces y no encontré nada que pudiera ayudar al adolescente a comprender a sus padres. Ahora, unos años después, tampoco he encontrado  libros específicos sobre el tema; aunque sí hallé algún blog muy útil donde los propios adolescentes cuentan sus experiencias.

También me pregunto si un adolescente estaría interesado en intentar comprender la postura de sus padres, es decir, si leerían algo relacionado con este tema. Tendré que experimentar con el adolescente que ahora tengo en casa, pero no sé cómo hacerlo sin levantar suspicacias.

La adolescencia puede, pues, ser una etapa muy complicada no solo para los propios adolescentes, sino también para los progenitores.

La primera dificultad surge porque el niño adolescente no sabe qué le está  pasando. No puede explicarse esos sentimientos encontrados con la lógica de un adulto.

En esta fase de la vida el niño comienza a romper los lazos de dependencia con sus padres, intentando tomar algunas decisiones respecto a  su propia autonomía y que casi siempre implican demandas en cuanto a cómo utilizar el tiempo de ocio, con  quién relacionarse, cuestionar las normas que hasta entonces regían en la casa… Este intento de adquirir autonomía contrasta con el desorden y la galbana que pueden mostrar en las tareas más básicas. Así, no es extraño que la palabra conflicto sea una constante en las relaciones familiares.

En este período de la vida el niño-adolescente comienza desarrollar opiniones propias sobre diversos aspectos de la vida, tendiendo casi siempre a ser exagerados en sus afirmaciones y propensos a dejarse llevar por sus impulsos. La influencia de las hormonas (elevación de los estrógenos en las niñas y de los andrógenos en los niños) hará que el receptor sufra cambios repentinos de humor, pasando de la alegría más absoluta a ser el más desgraciado de los humanos y que los padres se pregunte si su hijo/hija es “bipolar”.

El padre "todopoderoso" hasta entonces, pasa a ser un opositor al que hay que rebatir esas  cosas de las que no sabe tanto. La madre de cualquier amigo es mejor que la suya, más comprensiva y permisiva. Suerte que sus amigos piensen lo mismo. El adolescente puede creer que todos sus amigos tienen más libertad que él/ella, intentarán convencerte de que son los únicos que no gozan de este o aquel privilegio, lo que supondrá una continua lucha dialéctica entre padres e hijos. A veces los padres, agotados, transigirán en cuestiones importantes y en otras ocasiones vetarán asuntos no tan importantes. Sí, nos equivocaremos muchas veces. Echaremos de menos a ese niño complaciente que se ha convertido en un desconocido al que le ha salido vello en el bigote,  al que tenemos que mirar ya desde abajo y que usurpa la cama de nuestro hijo.

En esta sociedad, para hacerse adulto, el joven-niño no solo necesita madurar físicamente sino que tiene que desarrollar de forma gradual un sistema ético, una visión del mundo que guíe sus creencias y sus normas morales. El modelo familiar será un determinante en el establecimiento de este sistema de creencias, pero no el único; las características biológicas del individuo, la interacción con el ambiente (escuela, amigos, actividades) tendrán también una gran influencia en la formación de la personalidad y  en la adquisición de esa filosofía de la vida.

Además, debe hacerlo en un corto plazo de tiempo; tiene que prepararse para conseguir la independencia emocional sus  padres, establecer nuevas y más maduras relaciones, desarrollar la identidad sexual, aceptarse, conseguir una educación y aumentar las conductas sociales aceptables y responsables. Muchas veces se debatirá entra la dependencia familiar y la nuevas demandas de independencia que surgen.

El eterno debate entre los padres de adolescentes gira en torno a la dimensión de “autoridad y control” frente a “libertad y autonomía”. Este debate está igualmente condicionado por el sistema de creencias y la filosofía de la vida que los padres hayan adquirido. Por tanto, lo que a unos padres les parecerá permisividad otros lo vivirán como autoritarismo.

La extensa literatura basada en los estudios realizados sobre qué modelo educativo sería más adecuado utilizar para conseguir que los niños, luego adolescentes, se conviertan en adultos responsables, con capacidad para tomar decisiones, con un buen concepto de sí mismos y de los semejantes, con estrategias para resolver problemas y ser críticos con un sistema que choque con su sistema de valores, apunta hacia un modelo de padres Moderadamente autoritarios: son los padres que permiten participar libremente en la discusión de cosas que tienen que ver con la conducta del niño-adolescente e incluso puede tomar decisiones, pero la autoridad última es de los padres.

El desafío como padres será mantener abiertas las vías de comunicación, no ceder al chantaje emocional sin pecar de autoritarismo y contar ¿hasta 30? antes de gritar.

Soledad Fernández Fernández

Psicóloga

13 de septiembre de 2012